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lunes, 23 de febrero de 2009



Era una tarde como otra cualquiera, nuestros pasos recorrían el paseo que surcaba la inmensa playa; tu cálida voz es la melodía que acompaña el atardecer. Mientras el Sol se sucedía entre cada nube de algodón que decoraban el anaranjado-magenta cielo.
Reímos mientras degustamos el tiempo con nuestra mútua presencia.
Calló la tarde, acompañada de un oscuro anochecer aun con pinceladas de ese fucsia crepuscular. Las montañas se difuminaban en el horizonte, allí donde cielo y mar se unen.

Nuestra aleatoria dirección se dirige a unas rocas que se levantan por encima del mar. Nos sentamos uno al lado del otro y contemplamos como brillan intensamente las luces de la ciudad al fondo, dibujando cenefas en el manso movimiento del agua.
Lágrimas de sal mecen a las rocas entonando una nana; una nana de suaves susurros mientras caricias de espuma miman sus superficies incrustandose entre sus recovecos.
Allí nos hayabamos, contemplando los primeros astros que alcanzabamos a ver durante el inicio de la noche. Hablabamos de ellos de mientras que el cielo se bañaba entre diminutos pero brillantes diamantes.
Una tarde como otra cualquiera, pero con ese toque especial de siempre.


-juntoati-